Con el tiempo, supe que los que están “adentro” (novios, matrimonios, familias, iglesias, ministerios, organizaciones) deben esforzarse por hacerle ver a los de afuera lo que no saben, o no conocen, por no vivir lo que ellos sí; pero los que están “afuera” deben hacerle ver a los de adentro lo que no ven, por no gozar, circunstancialmente, de las mismas condiciones de abstracción; Necesitamos de las dos visiones. Por cierto, en cualquier momento, las funciones se invierten: los que observan pasan a ser observados, y viceversa.

En esta dinámica, parte del desafío es cuidar tanto la actitud con la que decimos desde “afuera”, como la actitud con la que oímos desde “adentro”. En ambos casos, la humildad será fundamental. Quien está afuera debe cuidar sus motivos. Deberían estar inspirados por el deseo de ayudar, la honestidad y el respeto. Quien está adentro debe evitar ser “reactivo”, ponerse a la defensiva; esforzarse por discernir entre un ataque personal y una opinión externa. Si lo que alguien nos dice no se corresponde con los hechos, o implica una percepción que no compartimos, debemos manejarlo como corresponde. Pero si lo que nos dicen tiene certidumbre, sería una pena desaprovecharla solo por prejuicio o predisposición.
Como esposo, muchas veces he sido reactivo. Como pastor, me he sentido atacado, no siempre con razón. No siempre he mostrado la mejor actitud hacia las opiniones o críticas de mis hijos. Encuentro, en cada caso, que la actitud que asumo, muchas veces, pesa y afecta más que lo que me dicen, en sí. Le ahorraríamos muchos males al cuerpo, a la mente, al espíritu, si supiéramos manejar mejor las críticas, las recomendaciones, las evaluaciones a nuestras gestiones, y los llamados de atención, especialmente de la gente que sabemos apuesta por nuestro bienestar. Porque, sabemos, no todos andan en esa honda.
Ocurre algo curioso, las expresiones sinceras de afecto, los reconocimientos genuinos, y las afirmaciones de la gente que, se supone, nos importan, parecen no tener el mismo “poder”, en impacto y duración, que las críticas, “constructivas” o “destructivas”, o los ataques velados. ¿Por qué? Con el tiempo, también he sabido, después de dar tantos tumbos, que determinadas carencias, complejos e insatisfacciones, se convierten en el “talón de Aquiles” de mujeres y hombres de Dios. Podemos llegar a sufrir más por la falta de reconocimiento que por los ataques del mismo Satanás.
Cuando son justificadas, cuesta manejar las críticas, ¡cuánto más si son injustas, infundadas o poco amables! ¿Se ha dado cuenta de cuánto criticaron a Jesús? Jesús también nos modela cómo liderar ante las críticas, que vienen de propios y de extraños.
Los detractores de Jesús lo criticaron por prejuicio, envidia, odio y miedo. De él dijeron: “Demonio tiene” (Juan 7:20). Una profecía ya decía: “… Me aborrecieron sin motivo” (Juan 15:25). ¡Nada más desafiante que intentar trabajar en un ambiente donde todo es cuestionado, sin razones! Lo criticaban por enseñar la palabra de Dios a la gente. Por tratar bien a los menospreciados. Por encarar la hipocresía de los líderes religiosos y políticos de su tiempo. Por darle prioridad a la vida humana, antes que a las tradiciones de los hombres. La crítica rayaba en odio, por eso procuraban matarle. Lo acusaron falsamente para llevarlo a la cruz. ¡Si así hicieron con el Maestro!
Cristo conocía el corazón humano. Sabía qué esperar de ellos. A veces, esperamos mucho de algunas personas. Por eso, duele más la crítica de los propios, de los hermanos, de los consiervos. Y puede que a veces dejemos que duela más de la cuenta. Necesitamos revisar si nuestra actitud ante las críticas desnuda falsas expectativas, o fisuras en nuestro carácter o estima. Sin sanar estas cosas, ¡el liderazgo, ante la crítica, podría tornarse muy pesado o cuesta arriba!
Algunas recomendaciones: primero, hay que escuchar. Tratar de separar las formas del fondo de toda crítica. Lo más fácil es reaccionar, llorar, justificar, defenderse, en fin. Si la crítica es justificada, independientemente de quien la diga, necesitamos tomar medidas para asumir y corregir. Eso es muy difícil, por nuestra naturaleza humana, dada a la soberbia y al orgullo. Si nos cuesta trabajar con las llamadas de atención del mismo Dios y su palabra, ¡cuánto más con las de los hombres! Necesitamos, por tanto, como líderes cristianos, someternos a la palabra, buscar la llenura del Espíritu y comprometernos con imitar a Jesús.
Si estamos ante críticas que no son ciertas o acertadas, debemos pedir a Dios gracia, sabiduría, fortaleza y discernimiento, para saber cómo actuar: cuándo callar, cuándo y cómo hablar; cómo tener paciencia y soportar las oposiciones, y cuándo actuar con firmeza. A veces, lo mejor es esperar a estar en equilibrio para responder con asertividad. Finalmente, hay que, tanto como se pueda, anticipar las críticas. ¡Van a llegar!
No debemos sucumbir al odio y la amargura cuando somos criticados. No es conveniente pagar a nadie mal por mal, sino “vencer con el bien el mal”. Conviene al líder saber si las críticas son circunstanciales, o describen una condición estructural de las relaciones de liderazgo que ameritan cambios de fondo. Dios, que ama a sus siervos, está listo siempre para guiar en estos momentos cruciales. Él, que soportó la crítica, nos comprende y nos acompaña. “… El siervo no es mayor que su Señor… También a vosotros os perseguirán… (Juan 15:20). Si dicen toda clase de mal contra nosotros, mintiendo, ¡somos bienaventurados!

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