Ezequiel 34:1-10

“No fortalecen a la oveja débil, no cuidan a la enferma, ni curan a la herida; no van por la descarriada ni buscan a la perdida. Al contrario, tratan al rebaño con crueldad y violencia”

(Ezeq. 34:4, NVI).

Hoy, 8 de marzo, en ocasión de celebrarse el Día Internacional de la Mujer, en un tiempo de devoción comunitaria, fui invitado a meditar en este texto de Ezequiel, en el que se alude a los “malos pastores”. El profeta emplea una metáfora ordinaria y bien conocida para ellos, el pastoreo del rebaño. Una labor ardua que exigía dedicación y mucho cuidado. Ezequiel hace una denuncia al liderazgo político y religioso de Israel. Les acusa de: insensibilidad, egoísmo, descuido y violencia.

No pude evitar releer el texto teniendo en mente la situación de agresión que padecen muchas mujeres hoy, dentro y fuera de nuestras congregaciones. Pues, sí, la violencia hacia las mujeres se da también dentro de los círculos y comunidades cristianas, abierta o solapadamente. Y pensé en la corresponsabilidad que tenemos todos de defender y acompañar a las mujeres en sus luchas. Quiero dejar algunas reflexiones, particularmente, en torno a la violencia hacia la mujer por parte de sus parejas y la necesidad de apoyo por parte de amigos, familiares, iglesias y demás entes.

Las mujeres violentadas se debaten, cada día, entre la duda y la pasividad, o entre la resolución y la resignación. Con tormento persistente, no dejan de preguntarse qué hacer. La violencia hacia las mujeres es más frecuente de lo que muchos imaginan, y sus consecuencias son serias. Algo que puede ayudar a comprender mejor la violencia hacia la mujer y orientar abordajes adecuados es comprender el llamado “círculo de la violencia” y sus dinámicas: cíclica y progresiva. En el primer caso, la violencia, usualmente, pasa por estos estadios: a) acumulación de tensiones, b) episodios de agresión, c) y pretendidas “lunes de miel” o huecas reconciliaciones. Esto se repite, una y otra vez, no sin dejar sus marcas en la mente, en el alma, el cuerpo. En el segundo caso, la violencia toma varios rostros: se expresa por medio de actitudes, gestos, pasando por las agresiones verbales y sicológicas, hasta llegar a la violencia física e, incluso, la muerte.

¿Por qué se dan tales episodios de violencia, de manera repetitiva? ¿Por qué algunas mujeres permanecen, tanto tiempo y en silencio, en esas relaciones? ¿Por qué tales varones mantienen esas relaciones también? Las razones son complejas y sistémicas. Primero, se habla de razones asociadas al entorno pasado y presente de las personas involucradas en una relación de parejas viciada: la crianza, las experiencias, las condiciones culturales, sociales, económicas, la presión social, no querer dañar de algún modo a los hijos, entre otras. En segundo lugar, se observan razones que tienen que ver con los rasgos de la persona maltratada: concepciones “románticas” del amor de pareja, patrones mentales heredados respecto a la fidelidad a la pareja, perfiles emocionales de dependencia, criterios religiosos difusos, estima personal baja, pocas o ninguna expectativa para salir adelante profesional y económicamente, miedos a la soledad, problemas a la hora de tomar decisiones, entre otros. Por último, hay razones que tienen que ver con los rasgos del agresor: sus nociones de masculinidad, patrones de pensamientos machistas y opresores, el manejo inadecuado de sus emociones, complejos, entre otros.

Ahora bien, parece imprescindible el cambio de ciertos patrones mentales y actitudes respecto a estas consideraciones. Primero, el verdadero amor y la violencia son incompatibles. Ante el mínimo asomo, las mujeres deberían tomar medidas… El desafío es que ellas no siempre cuentan con los recursos internos (mentales, emocionales y espirituales) y externos (sociales, legales y económicos) necesarios para hacer frente a tales amenzas. Es ahí donde la familia, las amistades, la iglesia y demás entidades, son llamadas a informar, a formar, a presentarse como comunidades alternativas, sensibles y dispuestas a escuchar, a acompañar y a apoyar a las mujeres que padecen los efectos del círculo de violencia en el que se encuentran. Segundo, es muy fácil acusar a una mujer maltratada, deshecha en todo sentido, de “aguantar”. Esa acción “justiciera”, en el fondo, no es más que una prolongación de la agresión. Finalmente, acompañar a quienes sufren debe ser parte de nuestra comprensión de la naturaleza y misión de la iglesia como esa comunidad comprometida con la la vida plena de todos, y en especial de los más débiles. No es “buen testimonio” callar ante los “malos testimonios” de violencia y maltrato.

Volvamos al pasaje. Ezequiel habla de personas sufridas y desamparadas, y las compara a “ovejas” que llegaron a ser “objetos del pillaje”, que quedaron “expuestas a las fieras”, que vivían “descarriadas y dispersas”, heridas y enfermas. Las ovejas necesitan orientación, acompañamiento, protección, dirección, alimento, cura y prevención. Los líderes de Israel no estaban haciendo su trabajo:

Primero, en lugar de cuidar a las más frágiles, se cuidaban a sí mismos (34:2). Bebían de su leche, se vestían con su lana, pero no las cuidaban. La “cosificación” del otro y de la otra es algo desastroso. Cosificamos a los demás cuando le anulamos su dignidad humana, cuando dejamos de verles como personas, como sujetos con dignidad, y solo le vemos como fuente de algún beneficio o placer. Las mujeres son personas, creadas a imagen de Dios, con plena dignidad, merecen respeto. Deben ser cuidadas, y no meramente tratadas como cosas. Pero, hoy, dentro y fuera de nuestras iglesias, en lugar de servir a las mujeres, se sirven de ellas. Cuando todos somos tenidos y tratados como persona el cuidado y el servicio es mutuo.

Segundo, en lugar de acompañarlas, las abandonaban. Hay muchas maneras de descuidar a alguien: cuando no se le escucha, cuando no se le brindan condiciones para que se expresen, cuando no hay lugar para que participen. La violencia de género, en el caso de las mujeres, implica cualquier daño (por acción u omisión) por el hecho de su condición. Es afectar su bienestar integral por el hecho de ser mujer: aunque trabaje igual, o más, cobre menos; aunque sepa igual, o más, sea reconocida menos; aunque tenga los dones de Dios, no se le reconozca ni abra espacios para que sirvan; aunque sea la parte afectada, se le obligue a aguantar por “el testimonio”. Cuando callamos, cuando no denunciamos, cuando no alzamos la voz, cuando no escuchamos, cuando no acompañamos, entre otras cosas, ¡estamos abandonando a muchas perniquebradas de nuestra sociedad!

Tercero, estos líderes, en lugar de sanarlas, las violentaban más. Ya hemos sugerido que la violencia es multiforme, y puede tomar muchos rostros, o afectar en varias dimensiones: violencia mental, violencia patrimonial, violencia legal, emocional, violencia verbal, violencia sexual, violencia laboral, violencia religiosa. La fe no debería aliarse con ningún vestigio de violencia. La fe que se nutre de los principios bíblicos tiene que abogar por la defensa de la vida, en todas sus manifestaciones; por la dignidad de todos los seres humanos; por la justicia y la verdad; por la liberación de cualquier opresión; por la solidaridad con los más frágiles y expuestos de nuestras comunidades.

Martes, 8 de marzo de 2016, Día Internacional de la Mujer. Decir: “felicidades a las mujeres”, ¿qué significa? Para que signifique algo, realmente, pienso tenemos que conectar los buenos deseos de Dios para ellas con los tristes casos de agresión que sufren, en cualquier ámbito o contexto. Si queremos celebrar, reconozcamos nuestros descuidos; pidamos perdón por nuestras insensibilidades y tratos injustos; asumamos el compromiso de hacer visibles a las víctimas y defendamos sus derechos y dignidad. ¿Dónde están las mujeres que sufren violencia? ¿Qué podemos y debemos hacer por y con ellas? ¿Quién se preocupa por buscarlas?

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