Esta foto llamó mi atención. Iba acompañada de una leyenda que decía algo más o menos así: “Amamos de verdad cuando amamos sin motivo (interés)”. Ambas cosas, la imagen y la frase, me permiten aludir a la gratitud como la expresión de un corazón que ama: que celebra la vida y sus detalles; que promueva las relaciones dignificantes; que reconoce en el otro el rostro de Dios. Un corazón que ama es un corazón agradecido.

 Pablo nos desafía a dar gracias a Dios “en todo”. ¿Es eso posible? Si la Biblia lo indica, tiene que serlo. Dar gracias a Dios por y en todo es parte de su voluntad para todos sus hijos. No es algo opcional. Debemos pedir, pues, a Dios que forje gratitud en nuestros corazones cada día de nuestras vidas y relaciones.

La gratitud ennoblece el alma y afirma a nuestros semejantes. Somos seres diseñados para las relaciones interdependientes. Nadie se labra en absoluta autonomía. Cuando reconocemos a los demás y agradecemos sus favores, estamos siendo agradecidos. Un proverbio chino dice: “Cuando bebas el agua, recuerda la fuente”. La fuente de todo bien es Dios, pero él usa sus medios. La gratitud debe ir primero a Dios, pero también hacia nuestros semejantes.

La gratitud nos previene de la soberbia. Dar gracias es un ejercicio de humildad. Los soberbios podrán ser diplomáticos, interesados, y hasta calculadores, pero no agradecidos. El corazón agradecido se reconoce necesitado, favorecido y corresponde con gracia.

La gratitud es el mejor antídoto contra el desánimo. Una leyenda cuenta que cierto hombre encontró el almacén donde Satanás guardaba las semillas que tenía listas para sembrar en el corazón de los hombres. Al observar que la semilla del desánimo abundaba más que las otras, se enteró que ésta podía crecer casi en cualquier parte. Cuando le preguntaron a Satanás, admitió, de mala gana, que había un lugar donde no la podía hacer crecer: “En el corazón de una persona agradecida”.

La gratitud nos ayuda a mantenernos enfocados. La persona agradecida mantendrá su visión donde debe. Sin necesidad de negar las realidades, sabrá encontrar en cada situación fuerzas para seguir la marcha en pro de las metas planteadas; nada le detendrá de ver la mano de Dios haciendo que “todas las cosas le ayuden a bien”. Un corazón agradecido mantendrá su curso, porque no dependerá de las circunstancias, su foco será saber que Dios sigue al control, y, entre tanto, le guía en el camino.

El corazón agradecido tiene un “magnetismo” o gracia especial. Tratar de encontrar virutas de metal en un plato de arena, solo con los ojos y los dedos, es una tarea imposible. Será más fácil si contamos con un imán. El corazón ingrato no encuentra nada bueno en la arena de la vida. Pero en ella, si vemos bien, ¡hay tantas bendiciones! Solo los corazones agradecidos saben detectarlas, disfrutarlas y compartirlas. Y, nosotros, ¿qué clase de corazones tenemos?

Richard Serrano

Leave a Comment